¿Qué quieres una hija o una medalla?

La gimnasta María Pardo, de 17 años, desvela en su diario la exigente disciplina que lleva al oro olímpico.

MABEL GALAZ, – Santander – 15/10/1996

María Pardo, de 17 años, dejó el equipo nacional de gimnasia rítmica dos meses antes de su gran cita, los Juegos de Atlanta, en que sus compañeras ganaron el oro.Cuatro meses después se siente capaz de hablar de sus sufrimientos durante las largas concentraciones con el conjunto dirigido por la búlgara Emilia Boneva. Del hambre sufrido, que la llevaba a soñar con comida, y del estado de vigilancia que acabó hasta con su noviazgo. Minuciosamente apuntó en su diario durante meses las circunstancias que la forzaron a dejarlo todo, a llamar desesperada a su madre y preguntarle: “¿Qué quieres, una hija o una medalla?”

Es el sistema perfecto para fabricar medallas. El que funciona en todo el mundo. También en España. Una maquinaria en la que la entrenadora, mezcla de capataz e institutriz inglesa, le da a la tecla; en la que los deportistas, niños con sueños de grandeza alimentados por sus padres, son la materia prima; en el que las autoridades deportivas, patrocinadoras de la fábrica, recogen los dividendos en forma de títulos olímpicos. Pero tiene un precio muy alto: los deportistas acaban siendo las víctimas. Sometidos a una exigente disciplina, que les lleva a vivir una vida que recuerda a las descritas por Charles Dickens y a la Inglaterra victoriana, los niños con sueños de grandeza desarrollan miedos, frustraciones y desarreglos físicos. Y termina como una especie de síndrome de Estocolmo: la víctima acaba sintiéndose culpable.

1 DE ENERO DE 1996. Emilia se ha enfadado. No nos deja salir de las habitaciones. Menuda manera de empezar el año.

Las 16 integrantes del equipo nacional pasaron el fin de año concentradas en Sierra Nevada. La noche del 31 de diciembre fueron a la discoteca del hotel a celebrar la Nochevieja. No pararon de bailar, siempre bajo la mirada de la seleccionadora, la búlgara Emilia Boneva. “A Emilia no le gustó cómo habíamos bailado. Así que nos castigó sin salir todo el día del cuarto. No sé cómo ella bailará pero nosotras lo hicimos a nuestra manera, como la gente joven. No hicimos nada raro”.

14 DE ENERO. Emilia se ha enterado de que hoy he salido con Jesús.

A mediados de diciembre María Pardo y Jesús Carballo comenzaron a salir juntos. El mejor gimnasta español y una de las titulares del equipo de rítmica sabían que su relación les iba a causar problemas. Por eso, a pesar de que ambos se entrenaban en el gimnasio Moscardó y se cruzaban varias veces al día por los pasillos, no se dirigían la palabra. “Esa noche Emilia me llamó y me preguntó que dónde había estado. Le dije que con todas mis compañeras. Ella me respondió que estaba mintiendo. Era verdad. Había ido al cine con Jesús. Era la primera vez que nos veíamos a solas en casi un mes. Antes de que empezara la película nos fuimos al bar y nos compramos todo tipo de guarradas para comer. Emilia dejó claro que sabía que salía con Jesús y que me vigilaba. A- veces llegué a pensar que mandaba a gente para espiarme”.

20 DE ENERO. Esta noche Emilia está otra vez enfadada. No sabemos qué pasa. Por sorpresa nos ha hecho pesarnos. Ha habido bronca general.

Todos los días a las ocho de la mañana las chicas del equipo acuden en ropa interior, al salón del chalé de la Moraleja, en Madrid, donde viven, para la ceremonia del peso. Una a una las 16 pasaban por la báscula. Del resultado del pesaje dependía su destino ese día. “Yo era la que más problemas tenía. Era la más alta. Mido 1,70 y me pedía que no sobrepasara los 43 kilos. Si pesaba 44 sólo tenía derecho a media cena. Si pesaba 44,100 me iba a la cama en ayunas. A mí era a la que más castigaba. Muchas veces me mandaba correr pa

ra que bajara algo más de peso. Las comidas eran casi siempre iguales. La entrenadora iba a la cocina a inspeccionar que la cocinera no se saltara ninguna de sus reglas. El médico nos hacía una dieta, pero luego era Emilia la que realmente decía lo que teníamos que tomar. Para desayunar nos daban cereales con leche, un poco de queso fresco, zumo de naranja y miel Para comer verdura o algo de pasta y carne a la plancha. Las patatas, ni probarlas. Por la noche yo tomaba fruta o yogur pero si me había pasado de peso sólo tenía derecho a una de las dos cosas. A veces la cocinera se apiadaba de nosotras y debajo de la verdura escondía, para que nadie las viera, unas patatas cocidas. Eso era todo un lujo”.

26 DE FEBRERO. He subido 400 gramos este fin de semana. Me ha echado una bronca de la leche.

Emilia Boneva pesaba a sus gimnastas todas las mañanas menos los domingos, el único día sin entrenamiento. Esa mañana a María le cayó una buena bronca.

“Me dijo que era una irresponsable, que dónde tenía la cabeza. Me puso verde. Me castigó con comer la mitad de todo. Con tantas broncas yo llegué a estar obsesionada con la comida. Por la noche cuando me metía en la cama soñaba con la comida. Cuando veía una película en lo que más me fijaba era en la comida que salía. Una de las cosas que más me desesperaba era Lo que necesitas es amor. Cuando iban a la roulotte siempre salía un zumo y una bandeja enorme de caramelos. Nadie se tomaba el zumo ni se comía los caramelos. Con lo que yo habría dado en esos momentos por un caramelo. Les gritaba ‘idiotas, coméroslo”‘. María recuerda que muchas veces en los largos entrenamientos se mareaba. Se sentía débil a causa de la escasa dieta y del enorme esfuerzo.

A las 9 de la mañana comenzaba el entrenamiento en el Moscardó. Durante una hora y media hacían ballet. Luego calentamiento y los ejercicios enteros. El trabajo duraba hasta las dos sin descanso. A las cuatro regresaban del chalé y vuelta a empezar: ballet, calentar… así hasta las nueve de la noche. “Cuando llegábamos a casa no sentíamos las piernas. Nos metíamos en la cama y muchas veces no podíamos ni dormirnos de cansancio y de los dolores que teníamos”. Boneva decidió que había que prescindir de todo, incluso del colegio. “Como era año olímpico no fuimos ni un solo día a clase. Sólo nos matricularon para que no perdiéramos un año. Cuando llegábamos a casa, después de 11 horas de trabajo, nos decía que nos pusiéramos a estudiar para presentarnos en septiembre. Era imposible. Creo que lo decía sólo para quedar bien”.

Por la noche cuando María se quedaba a solas con sus compañeras de habitación, Tania y Alba, para lo único que tenían fuerzas era para hablar de comida. Tumbadas en la cama soñaban. “Jugábamos a inventarnos recetas”. Todas juntas hacían planes. “Este fin de semana iremos al súper y llenaremos el carro hasta arriba”.

14 DE MARZO. Tenemos el primer torneo. Nos vamos a Grecia a Kalamanta. El 16 hicimos aros y fuimos segundas. El 17 competimos con cintas y pelotas y con la media del primer día ganamos el torneo. Emilia estaba contenta. Aunque no dejamos Grecia sin que nos cayera una buena bronca. No hubo celebración, pero nosotras lo celebramos con el minibar de nuestra habitación.

Boneva recogía la llave de los minibares o los revisaba para comprobar que no habían sido utilizados. Las gimnastas son grandes expertas en simular, por ejemplo, que una bolsa de almendras no ha sido abierta o que una porción de mantequilla está intacta. “El truco está en abrirla con cuidado y volverla a cerrar sin que pierda la forma. En los aviones nos comíamos la parte de abajo del pan para que si se veía por arriba pareciera que no habíamos tomado nada”. Pero esa noche en Grecia se saltaron todos sus trucos. “Corno nos íbamos a las seis de la mañana, pensamos que nadie a esa hora pasaría a revisar las neveras. Así que decidimos vaciarlas. Nos comimos todo lo que había. Pero nos queríamos morir cuando un conserje bajó en el momento en que nos marchábamos para avisarle a la selecionadora que habíamos acabado con todo. La bronca fue terrible. No sólo habíamos comido, sino que nos íbamos sin pagar”.

Las rigurosas dietas han causado problemas físicos a algunas gimnastas. Muchas de ellas tienen que tomar hierro y aun así su cara se llena de manchas, síntoma de deficiencias vitamínicas. María conoce casos de compañeras que se han metido los dedos en la boca para provocarse el vómito si han comido demasiado. El agua llega a ser un elemento prohibido. María solamente bebía un vaso de agua al día. Recuerda con horror cómo ante un ataque de ansiedad se llegó a tomar dos litros de agua y al día siguiente pesaba dos kilos más. No era que el agua le hubiera engordado sino que su cuerpo no estaba acostumbrado a tanto líquido.

María recuerda con cariño cómo en una ocasión gozó de la complicidad del Rey en una recepción en el Palacio Real. Boneva les había ordenado que no comieran nada, pero María no se resistió y cuando creía que nadie la veía cogió un canapé. “Entonces sentí un golpecito en la espalda y una voz que me decía ‘te pillé’. Era el Rey. Me miró y al ver la cara de susto que ponía. me dijo: ‘Tranquila hija, come, que vosotras sí que lo necesitáis”‘.

26 DE ABRIL. Estamos en Alemania. He fallado con el aro y Emilia me ha dicho: ‘No estás pensando en lo que debes’ .Creo que se refería a Jesús. “En Alemania comenzó mi calvario. Lancé un aro corto a Tania y se cayó al suelo. Boneva me dijo que sólo pensaba en Jesús. Así que decidí decirle que lo habíamos dejado. Había prometido que si notaba que mi historia con Jesús interfería en mi trabajo, cortaría. Pero no estaba dispuesta. Las cosas nos iban muy bien. El único problema que tenía era que la presión resultaba cada vez más agobiante. Así no podía vivir”.

2 DE MAYO. Estoy bloqueada. No consigo lanzar el aro. Lo tiro sin control. No sé qué me pasa. Tengo miedo a hacer el ridículo.

Faltaban dos meses para los Juegos. La presión de la concentración era cada vez mayor. Los controles técnicos y la dieta eran cada vez más rigurosos. Un ejercicio se repetía hasta 40 veces en un día. La báscula era cada vez más dura. “Hasta el perro de Emilia pasaba por las habitaciones buscando comida. Le tenían adiestrado para ello. Raro era el día en que el perro no se iba con el hocico sucio relamiéndose”. María comenzó a sentirse cada día peor. “Faltaba poco tiempo para los Juegos. La tensión tenía que salir por algún lado. Mi problema era que no podía controlar el aro. Cada vez que lo lanzaba era peor. Estaba preocupada. No sabía qué, hacer y nadie me ayudaba. Sólo me gritaban. Mi compañera Alba fue la única que se acercó a hablar conmigo. A ella una temporada le pasó lo mismo pero la ayudaron y lo superó”.

Los gimnastas tienen una cita diaria con el psicólogo Amador Cernuda. Hay sesiones individuales y colectivas. El especialista les ayuda a visualizar el ejercicio a través de música y colores. En las citas en solitario las gimnastas aprovechan para desahogarse de la presión. “Íbamos al despacho de Amador y de lo único que hablábamos era de Emilia, que si era una hija de …, una tal o una cual. Gritábamos pero él nos escuchaba y no decía nada. Después nos íbamos como si tal cosa. Se supone que lo que hablábamos en el despacho quedaba allí. Pero muchas de las cosas que allí dijimos se han sabido”. María está convencida de que Amador Cernuda no hizo nada para ayudarla. Sólo recuerda el apoyo de María Fernández Ostraza, una de las ayudantes de Boneva.

8 DE MAYO. Estamos en Corbeil (Francia). Tenemos un torneo. Y sigo fallando con el aro. Voy a fastidiar a mis compañeras porque no doy una. Estoy pensando en decirle a Emilia que no salgo. Voy a hacer el ridículo.

Según se acercaba el momento de la competición, María tenía más problemas con los aros. La presión crecía día a día. Las gimnastas tenían que repetir los ejercicios una y otra vez. “Muchas veces durante el ensayo dejábamos de notar las piernas del cansancio que padecíamos. Pero aún así no nos dejaban descansar. Recuerdo que una vez una de mis compañeras dijo que no podía salir a hacer el control porque tenía la regla. No la creyeron. Al final la obligaron a ir al cuarto de baño para comprobar si efectivamente estaba con la regla”. Esa gimnasta y María eran las dos únicas de las 16 que tenían menstruaciones.

Las lesiones físicas son el martirio de las gimnastas especialistas en deportiva, y el hambre y la presión las causas de sufrimiento para las de rítmica. María pasó hambre y se sintió terriblemente agobiada durante los meses previos a Atlanta. Además se sintió sola. “Somos máquinas a las que utilizan hasta que les dejamos de servir”. En mayo más que una titular indiscutible del equipo nacional que iba a ir a los Juegos parecía una principiante a causa de los nervios. “Nadie me ayudaba, sólo me gritaban”. María decidió no participar en el torneo de Francia. “No tuve valor para decírselo a Emilia”. Eligió a su ayudante. “No puedo más, María. No soy capaz de salir. Sé que lo voy a hacer mal. Es mejor que llaméis a Estívariz. Emilia no me habló durante esos días. Al llegar a Madrid me dijo que la había traicionado. Le expliqué que lo hacía por mis compañeras. Yo estaba bloqueada y nadie me ayudaba”.

18 DE MAYO. He llamado a mi casa cuatro veces. Les. he dicho a mis padres que no aguanto más y que vengan a buscarme. Mi madre está muy preocupada. Le he pregunta do: ¿Qué quieres, una hija o una medalla?.

“Los últimos días de la concentración fueron horribles. Nadie me hablaba. Me sentía aislada. Yo explicaba a quien me quería oí r que tenían dos meses para trabajar con mi suplente y que aún tenían tiempo para ha cerlo bien en Atlanta”. Una noche Boneva llamó a María. La interrogó sobre qué había contado a sus padres. Ella anunció que se iba. “Entonces me obligó a redactar una carta explicando por qué dejaba el equipo. Escribí lo que quería y al día si guiente llegaron mis padres y me fui con ellos a casa”. María dejó la gimnasia y la distancia la llevó a romper con Jesús.El 4 de agosto, sentada frente a la televisión en su casa de Torrelavega (Cantabria), María Pardo ve cómo sus compañeras gana ban el oro olímpico. “Me sentí muy contenta porque ellas lo habían conseguido, pero muy triste por mí. Yo sabía que podía estar allí, pero nadie me ayudó cuando tuve problemas”. María no ha recibido ninguna llamada de Jesús Méndez, presidente de la federación. Ninguna autoridad deportiva quiso saber por qué María Pardo, que ganó en el Mundial de París una medalla de plata y dos de bronce; una de plata y dos de bronce en el Europeo de Praga, y una de oro y dos de plata en el Mundial de Viena, dejaba la gimnasia a los 17 años. Tampoco ha recibido todavía el dinero de estas medallas ni su beca ADO. Pero ahora es feliz. Ha vuelto a estudiar, ha engordado 12 kilos y tiene un tipo espléndido. Da clases de gimnasia. Su método como entre nadora se basa en el cariño y la comprensión.

http://www.elpais.com/articulo/deportes/PARDO/_MARIA_/GIMNASTA/ESPANA/JUEGOS_OLIMPICOS_1996/quieres/hija/medalla/elpepidep/19961015elpepidep_18/Tes

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